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martes, 15 de enero de 2013

Un acto divino




En las horas más tristes de mi vida,
Cuando todos me dejen ¡oh Dios mío!
Y el alma este por penas combatidas,
Mi buen Jesús, en ti confió.
Es la frase de una oración que se encuentra en el altar de la iglesia El Divino niño. Y se titula: Mi buen niño Jesús, en ti confío. Al leerla mi alma se fundió por una energía que en esos tiempos escaseaba, una tranquilidad y confianza de que alguien poderoso siempre estaría allí para mí aunque no lo viera y me olvidara constantemente de su presencia. Luego me pregunto, ¿si todos aquellos poseídos, endemoniados y “limpios de pecado” de tanto asistir a las misas,  se habrán fijado en ella o al menos habrán sentido lo mismo que yo?
Alrededor estaban sólo dos monumentos: el de la virgen y un santo, ninguno con alguna vela encendida, excepto una que ahora estaba apagada pero tenía rastros de haber  estado fielmente prendida por mucho tiempo. Estaba el Crucificado, el sagrario, las sillas  de mármol del altar fijadas al piso, las bancas de madera en excelente estado… Todo lo necesario se encontraba cuidadosamente organizado. No faltaba nada para ser la Iglesia del Divino niño, esa que unos imaginan pobre y fea por el barrio humilde donde se halla. Es una mansión rodeada de pobreza material, casas en bruto igual que las calles, gente que parece peligrosa y que -para mí, al principio- proporciona temor. Me miraban raro, extraño, y en esta Caucasia de estos días ¡tan peligrosa! estar por allá es buscar otra amenaza a la que actualmente casi nadie se expone.
Pero hay una equivocación, es gente buena, aunque pobre, rica del alma, generosa con su mansión, a la cual deben de acudir con orgullo porque son ellos quienes la han levantado de la nada.
Veo un obrero que está trabajándole, junto con otros, a una amplia terraza que se usará de parqueo en torno a la iglesia. Su rostro es bueno, transparente sobretodo, orgulloso y alegre sin importar su dura labor. Se mostró muy amable conmigo y sin dirigirle palabra alguna me saludó y empezó a cuestionarme sobre mi presencia ahí; se ofreció a ayudarme. Sin tabúes exaltó a su sacerdote (el padre Álvaro) dijo que gracias a él, al acercamiento con los transeúntes y habitantes del barrio, las actividades y rifas que hace, los grupos espirituales que lidera (juveniles, episcopales y evangelizadores) y de haber llevado la Palabra a las casas y colegios, todos lo apoyan y asisten a la misa. Prueba de ello es, sin duda, la misma superestructura de la iglesia y su parqueadero, el cual es utilizado principalmente por carros de personas adineradas de otros barrios que van a escuchar a la misa del domingo al “curita que sana”, o van a ser purificados a la ceremonia de sanación realizada los fines de mes.
Ahora, el hombrecito me ha apetecido la curiosidad de conocer y tratar a ese  gran hombre. Me dirigí entonces a la casa cural, entré por una puerta gris y vi una oficina donde se hallaba una chica tecleando el computador. Saludé y mientras observé el largo pasillo que se veía hacia dentro y me perdí en la pena, por fin me dijeron que entrara. El sacerdote se puso de pie, me permitió pasar a su propia oficina y seguimos a charlar. Es un lugar poco lleno de cuadros de santos, tanto que parecía más bien una biblioteca, habían como dos vitrinas con libros y encima de una de ellas una cantidad de boletas de rifas, que me mostró confirmando la teoría que el obrero me había contado.
Y la travesía de mi curiosidad empieza a ser sanada; la emoción me contagia, el desespero y las ganas de  que alguna pregunta no se me escape hasta parecen notarse. Por consiguiente, me narra un hecho ocurrido en una misa de sanación. Y ahora que lo reconstruyo lo imagino así: cuando todos oran y  alaban el señor, la gente empieza a ser poseída por una fuerza de Dios que los purifica; al terminar el evento algunos salen igual de desvergonzados, otros recaen en la suciedad, aquellos solo sienten ese momento apacible y los pobres enfermos agradecen haber estado allí. Pasan de estar ciegos a sanos, pero no de la vista sino del alma, alabando al Señor se transforman de inválidos a bailarines, pero no inválidos por incapacidad en la columna sino por incapacidad para la alegría… No se curan físicamente, no se les quita la gripe, el dolor de cabeza, la sordera, ni la paraplejia. Reaccionan ante cierto tipo de oración que el padre entona: empiezan a convulsionar, a dar gritos, a moverse desaforadamente, a golpear a quien está cerca,  a blasfemar,  a insultar al Guía con obscenidades como “hijueputa”, y los verdaderamente embrujados como por una fuerza extraordinaria, no propia de ellos, cambian totalmente. Usan una voz gruesa, cruel y tenebrosa. Los sanos se asustan, los niños lloran, adultos gritan  del temor y, de pronto, una mujer sentada  se encuentra poseída y convulsiona fuertemente, a la vez se desplaza bruscamente por todo el lugar en la misma posición, como si estuviese sufriendo un electroshock. Nadie puede soportarla, detenerla, ni ayudarla, hasta que su demonio se canse de acabarla y la fuerza Divina la gane la batalla al Infierno. Es ahí donde el padre se asusta y quiere dar por finalizado el show que no premeditaba, decide entonces, empezar a tratar dichos casos fuera de la exhibición pública y atenderlos en una pieza.
Así, al exorcismo solo presencian el cura, el poseído, y entre unas tres a ocho personas. Lo ideal es que fuesen pocas, porque así menos saldrían traumadas de tremendo acto. Esos que van ya saben a lo que se atienen y también que deben de utilizar todas sus fuerzas físicas para sobrellevar al exorcizado en el momento clímax; de lo contrario, se corre el riesgo de hacer un daño peor que el de rasguñar y agarrar fuertemente al sacerdote o a ellos.
Reviviendo la escena estoy frente al padre Álvaro, me habla con toda la pureza espiritual del caso, sin acudir a sensacionalismos, habla de sus exorcismos como obra de Dios no hace alarde de su don, afirma que todo sacerdote consagrado lo tiene, sin embargo no todos quieren ayudar a las personas o creen que la brujería que sufren algunos es cuestión sicológica. Él lo que hace siempre es acudir a una oración que despierte tales espíritus malignos en quienes estén endemoniados.
Empieza más o menos a recrearme los sucesos más especiales que le han ocurrido. Me refiere un caso de una señora que inexplicablemente se le ha hinchado la barriga sin producto de golpes, daño estomacal, o alguna afección que la medicina encuentre valedera. Dice que apenas la mujer lo vio se puso a temblar, dedujo desde luego, que algo malo había allí; prosiguió a hacerle la santa cruz en el abdomen y hasta él mismo impresionado, me cuenta que en menos de un minuto disminuyó esa barriga. De acuerdo con su experiencia en casos de brujería, argumenta que las personas sufren los males dependiendo con el animal que le hagan el daño, entonces muy seguramente, a esa mujer, le dieron a beber baba de sapo, confirma.
Por otro lado, creería incierto si no fuese porque él me lo contó, un tal teleexorcismo, consiste en sacar demonios a través de una llamada por teléfono, como se lo aplicó a un soldado del Magdalena, que necesitó ser agarrado por varios compañeros para no lastimarlos físicamente. El procedimiento que se lleva es el mismo en todos los casos, sea por teléfono o cara.
Y bueno, ¿qué sienten las personas cuando están siendo desposeídas? Sólo pude tener el testimonio del obrero: él pasaba con dolor de cabeza, le relató al padre y éste le sugirió someterse a la oración santificadora. Así se hizo. En la actividad, cuando él le puso la mano en la cabeza al obrero mientras oraba,  sentía un caliente inmenso, como si le estuviese prendiendo la cabeza, tanto que tuvo que agarrarse enérgicamente las manos para no agredir al padre. Finalmente un frio se posó en su cabeza. Se detiene, y argumenta que la razón de su dolencia se debió a que vivió durante varios años con una señora que cree le estaba haciendo brujería.
Ahora que reflexiono mi camino al Divino niño: rememoro y acepto que soy muy escéptica ante estos casos, fue como caído del cielo aquel papelito que al azar saqué de la bolsita de opciones que la profesora nos proporcionó, preciso en esos días me azotaban las dudas sobre la posible inmunidad a la brujería y quería saber cómo podría hacer esa pobre gente víctima de los malvados brujos, creía que se verían obligados a usar las mismas armas de las que son víctimas. Pero me encontré la luz que Dios quiso que viera: la respuesta, “la maldad no se cubre con maldad sino con bondad”.

“Cuando me case, te recojo mamá”



Una mujer viciosa, vendedora de drogas y amante de muchos es catalogada en la calle 8 de Caucasia Luz María Soto. Que mete hombres a su casa, maltrata a sus hijos física y verbalmente y estuvo encarcelada, son los rumores que  corren  por la solitaria, violenta y enigmática “8” del barrio Nueva Estrella.
Fue criada en una familia humilde conformada por cuatro personas que día a día solían vender fritos, mazamorra, carbón y bollo por todo el municipio, por tanto nunca les faltó nada. Solo eran Luz María Soto, su mamá y dos hermanos (hombre y mujer), pues su padre los abandonó desde que ella, la menor de sus hermanos, estaba en el vientre de su progenitora.
Esta situación ocasionó que Luz María, a sus 16 años  trajera a vivir a su casa al padre de sus siete hijos. Este hombre la golpeaba e insultaba, sin respetar la presencia de su madre quien murió unos años después de su llegada; a partir de eso, los maltratos empeoraron. “No me  daba comida, sino golpe, por eso fue mi peor error casarme”, dijo ella con esos ojos brillantes llenos de dolor, una voz entrecortada y un rostro que expresaba la infelicidad que vivió durante los 14 años que compartió  su vida con él, hasta que éste la abandonó totalmente.
Su existencia cada día se hace más dura para sostener a sus hijos, le ha tocado pedir comida y ropa en las calles, además de trabajar en servicios domésticos cuando la soliciten. Sin embargo, ha contado con personas que la quieren y le obsequian cualquier caldero, plato o televisor. Su mayor preocupación siempre ha sido la alimentación de sus hijos, debido a eso pasa estresada pensando en el día de mañana, “eso la va a matar”, como le dice su doctor.
Lo que más la atormenta a diario es el almuerzo de sus hijos. Que cuando lleguen los cuatro que tiene bajo su potestad encuentren algo que comer. Por suerte el desayuno se lo dan en el colegio, una preocupación menos. Pese a esto, en las noches nunca es segura una cena, a no ser que los niños traigan comida de la escuela o los vecinos les regalen.
Afortunadamente ha contado con la suerte y el apoyo de Aguascol, el cual le regala el servicio de agua; mientras tanto, el Gobierno anualmente matrícula gratis a sus hijos y le suministra los útiles escolares.
A sus 40 años, Luz María, es una mujer que parece más joven, morena, ojos negros, cabello castaño y viste con short y blusas descotadas. A pesar de su adultez, convive desde hace 7 años con un hombre que casi dobla en edad, pues tiene 24. Ella dice: “Dos,  hacen más que uno”, esta necesidad por obligación rige su vida. Con este hombre tuvo su último hijo de 4 años, también él, vive en la casa de ella que le dejó su madre; trabaja en cualquier oficio y según Luz María, éste sí la quiere y es muy bueno con sus hijos.
No obstante, el esfuerzo que hace esta madre por sus niños, parece ser en vano. Wendy su hija de 12 años, cuando su mamá no le presta atención, a sus espaldas la mira feo, le abre los ojos e intenta con su rebeldía alzarle la mano.
Sin importar estos hechos, que Luz María conoce, ella se esmera y se alegra por la vida y los momentos felices de sus hijos: alegre trae la foto de la comunión de una de sus hijas, quien no vive con ella porque la está criando su abuela (la mamá del padre), y la muestra con orgullo.
Esta madre sufrida, tímida, desconfiada e “ignorante” al dejarse embarazar 7 veces de un hombre que no la valoró, como ella misma decía, fue la única que respondió por su padre muerto después de que la abandonó. Pidió apoyo del municipio para enterrarlo y a la Policía para que la ayudaran a cargar la caja del muerto a la casa. A raíz de eso la gente rumoraba “se la llevaron por vendedora de drogas”, “la soltaron porque se compadecieron de sus hijos”, etc. Es así, como los pobres, tras tantos rumores, cada día son más vulnerables.
A pesar de todo, esta mujer dice ser feliz  y vive por sus hijos, quiere que estudien para que no sufran como ella. Sólo espera que algún día ellos se lo agradezcan: “El que siembra, recoge”, expresa humildemente. Mientras tanto vive esta vida  refugiándose en la esperanza que le da una  de sus hijas “cuando me case, te recojo mamá”.
* Crónica elaborada con apoyo de Susana Márquez Susa-marquez @hotmail.com

Noralva, la mujer coja, de sonrisa loca



A mi lado iba ella acompañándome durante la tarea, no me dejaba de mirar y no le importaba dejar de conseguir su comida, de pedir alguito para su mamá, por prestarme atención. Me repetía y repetía “yo sufro de epilepsia y le llevo la comidita  a mi mamá”,  así se expresaba incansablemente, con orgullo, con amor. Estaba pendiente de lo que hacía, de la charla que sostenía con sus amigos.  Mientras tanto, yo esperaba que entrara en acción, que empezara a pedir. Pero no. Sólo estaba a mi lado, como esperando que le preguntara más y siguiéramos la rutina de la conversación.
Ella se llama Noralva,  una mujer de estatura pequeña de unos treintaicinco años, morena, de ojos café oscuro, cabello castaño rizado con mechones amonados por el sol; no es ni gorda, ni flaca, su vestimenta ancha de talla grande no deja ver su contextura real. Tiene una boca delgada con labios carnudos y no tiene dientes en la parte delantera. Su aspecto es el de alguien, “especial”, pasa más o menos despeinada, sin usar moño, aunque lo usa en el puño de su mano; hoy viste con camisa de botones,   pantalón largo y anda en chanclas. En ocasiones, la ven con pies descalzos,  pero es su gusto –dice la gente. Debe maltratar sus pies con las calles calientes por el sol y por el trayecto que recorre a  diario de su casa en El Camello a la plaza de mercado. Casi siempre sale a las nueve de la mañana para volver de doce a cuatro de la tarde. Esas son las peores horas del día; y ella las transita a sus cortos pasos, pues camina con lentitud, incomodidad, con un brazo cas encogido y como arrastrando sus pies.
Es una mujer sonriente, que la saluda mucha gente. Ella responde cariñosamente a todos, inclusive saluda a aquella persona que se la quede mirando sin decirle palabra alguna. A pesar de no tener dientes lo hace de una manera tierna, sonríe con todo su rostro, con sus ojos, pone una mirada expresiva e inocente; encoge sus pómulos y uno sabe que es feliz cuando te habla. Es alegre, aún, cuando recién te conoce y te habla con la confianza de una amiga. Te cuenta su historia: “Yo no como sola, más mejor le llevo yo a mi mama”, dice ella firmemente. Y ahí empieza uno a saber que ella vive por su madre, que su mamá es más su vida que su hija, porque ésta última le causa dolor, le demuestra fastidio y se avergüenza de ella.
En su camino diario se toma el tintico que le regala una tendera, descansa, saluda un rato y por fin para a su “sitio de ayudas”. Allá todos la conocen desde pequeña. Cuenta el vendedor de verduras, su amigo, que la ha visto siempre desde su trabajo en el mismo sitio; ha asistido al lugar desde que ella tenía por lo menos quince años. La conocen como a esa mujer que muchos le ayudan, le regalan comida, le dan papas, carne o cualquier otro alimento; o en otro caso, la monedita de cien pesos que ella les pide. Muchos sin decirle nada se la dan u otros, por momentos, se hacen los desentendidos.
Trata cariñosamente con muchos,  a otros, en cambio, que la molestan diciéndole Shakira, sólo les refunfuña, se muerde el brazo, o se golpea con la pared. Eso normalmente lo hace cuando tiene rabia por esas dolorosas migrañas que la aturden y le dan –según ella- por la epilepsia. Es grosera, a veces, con los niños que la molestan y le tiran piedra. Pero estas acciones sólo las hace cuando se siente agredida. Por ejemplo, una vez venía sobándose la espalda porque un niño por capricho le lanzó una piedra y ella  se defendió pegándole.
Sin embargo, cuando “es ella” realmente, solo le gusta molestar o bromear. Como un día en que un joven, amigo suyo, que la denomina su novia, la tomó del cachete amorosamente y le dijo riéndose: “Es que tú vas a ser mi mujer algún día”. Ella lo miró como enamorada, alegre y parecía sonrojarse. Cuando el chico se fue Noralva le dio una nalgada y se rió.
Personas así que le tienen mucho cariño la ayudan porque saben que su corazón solo piensa en los “huesitos pa’ su mamá” y en la pastillita de 2000 que se toma para soportar los dolores diarios de su enfermedad. Si no es con la pastilla, la ves  con un limón para masajearse la cabeza, cosa que la relaja. Su vida, en su poco dialogo, se nota que ha girado en torno a su problema epiléptico. Y es cierto, los niños son los principales en molestarla, los irrespetuosos la tratan de loca, como si lo fuera. En verdad, la gente que la conoce sabe que no lo es,  está enferma y  todos la quieren, eso es todo.
Tras su enfermedad, su misma hija le reprocha su aspecto, le dice que se vista, que su peinilla tiene piojo o en ocasiones que se vaya de la casa. No obstante, por eso le gusta salir de su casa para no pelear con su hija, “que solo la jode”, dice ella. Su mamá teme que un día duerma en la calle por hacerle caso a su hija de 14 años, pues pueden hacerle algún daño. Por eso, a diferencia, sí es muy feliz con la actitud de su madre y se siente agradecida con ella por lavarle su ropita de la cual se enaltece y dice que pasa limpia. Se la arregla a cada instante, se ordena los botones de su blusa, se la mira. Es muy orgullosa de lo que tiene, le dice a la gente por donde va pasando: “Mira lo que me dieron” y muestra las papas, la carne, o lo que sea.
Ella vive su vida con la alegría que le transmiten quienes la ayudan, quienes le sonríen y hasta quienes le dan sus traguitos. De hecho, una vez, un amigo carnicero, como lo hace muchas veces, le dio sus guaritos, pero se pasó y terminó embriagada, bailando y casi que desnudándose. Desde ahí, ha dicho: “No, yo no puedo tomar” y se niega a su debilidad.
Cuando la invité a comer algo, al entrar al lugar Noralva parecía esperar una orden, al decirle, siéntate, obedeció. Luego, esperó su pan con jugo y empezó con la bebida. Estaba luchando por abrirlo, era un Tampico de tarrito. Ella buscaba quitarle el papel del encima de la tapa, pero como no es lo indicado éste no quería despegarse, con mi ayuda le saqué el pitillo e hice el hueco en el papel que antes intentaba quitar. Empezó a tomar con el pitillo pero a la vez alzaba el tarrito. Eran sorbos los que tomaba. El pan, al principio, tardó en devorarlo. La servilleta que se usa para agarrar el pan, se la quitó; y luego, cuando tomó confianza el pan lo hizo suyo, lo cogió a pedazos grandes. Mientras masticaba, hablaba y dejaba entrever su encía sin dentadura con la comida triturada dentro de su boca.
Antes de llegar, pude corroborar la importancia que le daba llevarle alguito a su mamá. Durante el camino le propuse comprarle algo y se emocionó: “Si a mi mamá le gusta que le lleve los huesitos”. Y sí, pude constatarlo, cuando pedí el pan para llevar, ella lo recibió con esa acción de propiedad, de recelo y con temor a perderlo. Ahí me di cuenta que cuidaba como nada ese regalo.
Ella medio me observaba, pero tal vez le daba pena, quizás por su cabeza pasaban cosas sin lógica; no entendía por qué yo estaba ahí invitándola a comer, siendo tan amable. Quizás era eso. La vi tocándose su reloj y le pregunté si era la hora correcta, asintió que estaba bueno. Pero al percatarme tenía las 10 y 45. El accesorio se lo había regalado un amigo, es de plata, bonito y femenino, aunque la pantalla estaba un poco rayada.
Noralva al final me convirtió en una amiga más que la saluda, se despidió de mí como yo de ella. Si dije te cuidas, hizo lo mismo, si mencioné, que te vaya bien igual me deseó. Cuando dividimos nuestros caminos ella parecía seguir hacia donde yo iba pero cuando reaccionó, dobló y caminó. La vi entonces alejarse con su paso lento, bajo el sol ardiente hacia el lugar donde sus amigos más cercanos le ofrecen la comida para su mamá.