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martes, 15 de enero de 2013

Niños de la calle: detrás de la fachada



A medida que las cifras de deserción escolar crecen en Caucasia, se abren mayores posibilidades de vagancia y exposición a las drogas y el delito.


1. Mendicidad infantil: el testimonio
1.1. Riesgos de vivir en el mundo de la calle
Son las 4:30 de la mañana y Amanda Mendoza está desvelada, como todas las noches, se pone en manos de Dios y llora de preocupación. Amanda se resigna y espera una mala noticia. Pero aún tiene la esperanza de volver a ver a su hijo, aunque sea otro día. Al igual que Amanda, Nelly y Cristina viven a diario ese constante temor.
Gustavo, Pedro, Carlos y Luis* pasan toda la noche, e incluso parte de la tarde, fuera de sus casas. “Parece un gato, sale por las noches y duerme por el día”, dice Cristina. Llegan de 5 a 6 de la mañana, duermen hasta el mediodía, almuerzan, siguen descansando, o si deciden vuelven nuevamente a la calle.

¿Qué hace un niño de apenas 10 o 12 años en la Zona Rosa de Caucasia? No es bailar o embriagarse. Mendiga para soportar la noche, hace maldades (como rallar una moto, arrebatarle comida por ociosidad a alguien, golpear a niños menores…), y vende chicles para tener con qué jugar maquinitas, play o comprar mecato.
Pedro de 10 años y Gustavo de 11, son hermanos. El mayor, algo más juicioso, a la hora de mendigar prefiere andar solo. Pues no le gustan las hazañas de Carlos, Luis y Pedro. “Ellos ya los tienen en la mira porque hacen maldades, cogen cosas ajenas y meten sacol, y así no les dan plata”, dice Gustavo. Pero en realidad, son los que más dinero recogen en una noche.
Pedro puede sacarse desde unos 5000 a 20 mil pesos por noche; Luis y Carlos ya para las 12 de la madrugada deben tener su montón de plata comenta Pedro. Probablemente es mucho más de lo que él recoge. De algunos bolsos que serán extraviados, celulares de algunas chicas desatentas o dinero de algún borracho se ganan su lotería de la noche.
Dice Pedro que en la Y, otra zona de bares de Caucasia, se encontraron un bolso con gran cantidad de dinero, de la cual no tiene idea cuánto fue ni qué hicieron con ella. El caso  llegó a  manos de la Policía; pero como no hubo denuncia, la lotería de los niños no se les fue decomisada.
En medio de otros chicos, Pedro Jugaba en el Parque de las Ceibas. Carlos y Luis planeaban ofrecerle un poquito de su diversión. Lo que ignoraban es que éste se volvería igual o más adicto que ellos a tal juego. Carlos le ofreció un tarrito de bóxer para entretenerse y le dijo: “Si no metes te casco”. Pedro no quiso y se fue corriendo, pero aquel lo alcanzó y le dio un puño en el pecho. Ésa y muchas otras veces Pedro lo hizo.
Cuando él se droga se pone rebelde, le dan ganas de pelear e inclusive se siente tan prepotente que hasta a niños mayores les insulta y empuja. “Me da mareo, pienso cosas malas y me tiro al piso en la calle; yo apenas lo hice una sola vez”.
Pero Gustavo el chazero (que vende chicles y dulces) y es compañero de calle de Pedro, desmiente la versión de su amigo: “ese pelao está enviciao, yo lo paso viendo que mete cada rato”. Éste con 14 años y toda rudeza, amenaza a los niños con “cascarlos” si le ofrecen droga o incluso si la ingieren delante de él.
Al igual que el sacol, otras manías aprendió Pedro: coger dinero, bolsos y celulares táctiles o Blackberry; y lo que roba, venderlo por 50 mil en el centro o la terminal de transportes.
“Una vieja me pegó porque le robé, pero un celular todo ‘maluquito’ -dice como si su falta no fuera grave-. Ella sabe dónde vivo. Entonces escondí el celular en otro lado y después me vine para la casa; mi mamá me llamó y me maltrató porque ella le puso las quejas”.
Él y los demás nunca llevan esos objetos a sus casas. Cristina y Amanda sólo escuchan lo que la gente les dice pero prácticamente ni creen en ello. “A mí me dicen que él roba, pero a mi casa no ha traído nada”, asegura Cristina algo indignada por la pregunta. Nelly, en cambio, lo sabe todo. Las quejas y los reclamos han llegado hasta su humilde casa, ubicada en un segundo piso; pero ella no cree que pueda hacer algo más que darle consejos, y ya está cansada de hacerlo.
Estos niños no le temen a la calle: ya se convirtió en su hogar. En zonas como la Avenida El Pajonal, la Y, o en el bar María Mulata, se divierten; la gente los atiende como reyes pobres, con limosnas, rostros de lástima y muchas veces con comida.
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Son las 5:30 de la mañana. A Carlos y Luis, junto con Gustavo el chazero, se les da por ir de aventuras. Se dirigen a la Troncal de Caucasia y se suben a la primera mula que pasa, el conductor nunca se da cuenta. Las beneficiosas curvas o resaltos son la oportunidad para abalanzarse por la parte de atrás del camión. Sus preferencias: los que cargan tubos. Esos harán de colchón para brindarle la comodidad que un niño aventurero necesita.
Con algunos chiros, con o sin zapatos o plata se van de viaje para unas cortas vacaciones. De acuerdo el destino: Cartagena, Santa Marta, Medellín o municipios cercanos a Caucasia, sus vacaciones son  5 u 8 días usualmente.
Para Bogotá tardan 5 días en llegar y aproximadamente 10 o más mulas que subir para llegar a su destino. Se bañan en algunas cascadas que encuentren en el camino y “retacan” o piden comida en los restaurantes. Algunas veces les toca caminar kilómetros para encontrar el camino correcto, por lo que a veces se desvían de su destino.
Carlos es el guía, pues ha viajado en esas condiciones hasta Venezuela. Su abuela desconoce eso, igual que casi todo lo referente a su vida callejera. “Lo único que sé es que cuando regresa huele a feo y está todo sucio”.
Cuenta Amanda que hace varios meses a su nieto y Carlos, en uno de sus viajes a Medellín, la policía los sorprendió; pero gracias a la astucia de Luis evitó que fueran llevados al Icbf: respondió con toda la seguridad del caso que iban para cierta dirección. Se refería a la señora donde varias veces su abuela y él se quedaban para atender su tratamiento mental en esa ciudad. Estando allá, apenas pudieron se escaparon de la mirada de aquella señora. No había alcanzado a enterarse Amanda de la situación cuando ya Luis estaba de vuelta a casa. Lo único que le dijo fue “saludos te mandó doña…”. Ella de repente lo entendió todo.
No era la primera vez que ellos se habían escapado de la policía. En Cartagena y en Bogotá, al igual que en Caucasia, burlaron la seguridad tanto de ésa como del Icbf.

1.2. El triste problema de las madres
Cristina, Amanda y Nelly son tres mujeres de 65, 62 y 43 años, respectivamente. Ellas no han podido controlar a sus hijos. Las dos primeras tienen tantas arrugas que aparentan más edad que la verdadera. La última, aunque se ve joven,  tiene  seis hijos de  2, 4, 10, 11, 15 y 16 años, que apenas puede cuidar a dos menores.
Nelly no trabaja y vive del sueldo de uno de sus hijos mayores de 16 años, quien labora en un taller. Sobre sus dos hijos: Pedro y Gustavo, sabe que piden plata, que el primero roba y consume sacol. Su mayor tranquilidad, como ella lo asegura, es que ninguno de ellos, se ha ido para esos sospechosos y tormentosos viajes.
Pedro y Gustavo a veces comparten su dinero con ella. Aunque Nelly afirma que ya no recibe nada. Antes, todos los días le traían de 5 a 20 mil pesos.
Cristina, vive en una casa de tablas improvisada cerca de uno de los tantos caños que afectan el municipio. Como los demás, en temporadas de lluvias su casa se inunda de agua putrefacta y muchos de sus enseres se dañan. Vive con una nieta y Carlos. Su oficio: vender comida en la Plaza de mercado de Caucasia.
Es una mujer de carácter fuerte que asevera tajantemente que está cansada de su nieto. “Los problemas que me ha dado Carlos ni mis hijos me los dieron”.
Hace dos meses Carlos estuvo a punto de ahorcarse con un suéter porque había sido denunciado ante la Fiscalía por robarse unos cigarrillos, le comentó someramente un señor a su abuela, pues ella no presenció el momento. La Fiscalía resolvió el caso convenciendo al niño de que firmara un compromiso de no salir más a la calle ni robar, estudiar, hacerle caso a la abuela… Pero apenas llegó a la casa lo olvidó todo.
“Yo le decía que se bañara que hedía a feo, porque no le gusta bañarse. Se hizo oscuro. Se levantó a comer a las 9 de la noche y no me hizo caso. Apenas me fijé, ya se había ido. Duró como 5 días perdidos esa vez”, cuenta Cristina con una euforia que parece revivir el momento en que le está gritando.
Carlos es un niño tímido. No le cuenta nada a su abuela, por eso ella es ignorante de sus hazañas.
Él nunca le ha llevado dinero a Cristina, por lo que ésta responde que, al contrario, ella es la que le da plata. “Entonces tú qué es lo que haces en la calle, pasas es dañando chancla” le dice su abuela.
Bajo su desesperado rostro, Cristina esconde su dolor, con ganas de llorar se resigna a decir que “él haga lo que se le de la gana, si lo matan, donde pueda recogerlo, lo recoge”. Ella cree que su nieto ya no tiene solución, está totalmente perdido.
Amanda con un esposo de 85 años a quien cuidar, tres nietos y una hija mayor que trabaja en la Fiscalía se desenvuelve para vivir. Su ingreso principal: una pequeña tienda apenas abastecida.
Ella, muy diferente a Cristina, es frágil y con un temperamento muy calmado. Luis se aprovecha de eso y la trata con groserías obscenas. Incluso, la  amenaza con pegarle. Frente a eso responde sin autoridad alguna: “cuándo se ha visto que un hijo le pegue a su madre”. Él entonces con frustración, se va para la calle.
Para calmarle la angustia y muchas veces no contarle nada, Luis -consuela a su abuela- con la seguridad de que no le pasará nunca nada: “cuando me demore muchos días en los viajes, no te preocupes, me habrá cogido la policía”.
Cuando Luis empezó a trabajar con una chacita que compró, hubo un tiempo en que le daba a guardar 50 o 70 mil pesos a su abuela. Ella se inquietaba sobre la razón de esa cantidad. Pero consultando con la gente, le decían que podían ser ciertos sus ingresos a partir de esa  labor. Igual argumentaba Luis.
Durante una ocasión, hace varios meses, él le dio a guardar 200 mil pesos. Ella se angustió, pero no hizo nada. Con el dinero su nieto compró una bicicleta, que empeñó infortunadamente al poco tiempo por apenas 30 mil pesos.
Pasados pocos días, un señor fue a quejarse a su casa muy enojado porque Luis y sus amigos le robaron un dinero. Éste salió en busca de los niños. La situación se tornó muy rara cuando el señor acompañado de Luis y sus compañeros –ya habiendo llegado a algún acuerdo- regresó a casa de Amanda para recibir los 100 mil que le había quedado a Luis después del gasto de la bicicleta. Ella quedó absolutamente desconcertada y desinformada del hecho; pero alcanzó a enterarse que el señor le dijo a los niños “que no estaba bien lo que hacían, y si necesitaban algo, se lo pidieran a Iván (candidato al Concejo), que siempre estaba muy dispuesto a ayudarlos”.
Hace como un mes, no recibe dinero de su nieto, excepto los 5 mil para los mecatos que se le come a cada rato de su tienda.


2. La calle, un hogar para los niños


Entre luces, el retumbe de los equipos de sonido, el vallenato que suena, la gente bailando y en medio del montón, está un niño. Con rostro de lástima, picardía o aquella cara de chévere, saca la mano y sin decir nada todos entienden lo que quiere. Algunos pasan por alto sus caras, otros creen que son viciosos y algunos “bondadosos” les dan algunas moneditas. La alegría se apodera del pequeño y sigue mendigando.
A Pedro alguien lo insultó, pero él como perro regañado bajó su cabeza y se fue callado.
Es medianoche, pasa una moto con dos policías. Los niños se alertan. Se dispersan en distintas direcciones y huyen del enemigo. Sin poder evitarlo, uno de ellos es retenido. Pedro pone resistencia, se rebela y trata de huir. El policía en su lucha le pega un manotón en su barriga. Pedro se resiente y le duele la marca roja que le dejó el golpe.
Así como ese día de tantos, Pedro y sus amigos enfrentan la cacería de los policías.
Sin embargo, varias veces fue aprehendido por ellos. A Pedro una vez durante su detención, lo dejaron durmiendo en el cuarto para menores infractores –aunque él no supo qué tipo de cuarto era ése-. Cuando despertó al otro día sintió que algo le picaba. Para su sorpresa, tenía una arepa de maíz con arequipe y un montón de hormigas en su pecho. Ése era su desayuno.

Las peleas callejeras y los chantajes son el pan de cada día de Pedro y sus amigos. Él, más pequeño, casi siempre se deja maltratar de sus amigos, especialmente de Luis, y en algunos casos, de  Carlos. Éste último no sabe defenderse mucho -dice su hermano Gustavo.
“Cada rato me peleo con los amiguitos míos, porque me están chimbiando; me empujan y me meten cachetadas. Me dejo porque ellos después me pegan duro”, se lamenta Pedro.
Gustavo no le teme mucho a esas peleas porque no es su compinche de aventuras, pero hace un tiempo vivía muy atemorizado. Su hermano estaba amenazado. Un  señor quería lanzarlo al río por quién sabe cuál razón. “Como yo me parezco a él, el señor me decía: ven pelaito, ven. Pero yo salía huyendo […] A Pedro lo persiguen por robar y hacer maldades”, -aunque él no cuente eso– afirma Gustavo.
Es cierto que, apoyado de sus amigos, uno de los tantos sábados -sin algún motivo conocido- rayó una moto de cierto hombre. A él infortunadamente aquel le pegó algunos correazos por sus travesuras. Los demás salieron librados.
En cambio a Luis en un caso diferente, -por desconocidas causas, afirma Amanda- le pegaron una patada y lo dejaron privado.
Estos niños usualmente no son maltratados en público, afirma Rodrigo Pineda, mesero de uno de los bares de la zona: “nunca he visto que un cliente los maltrate; los administradores son los que a veces les llaman la atención”.
Las madres se han enterado de algunos percances que les ocurren a sus hijos en la calle. Pero ellos han contado con la suerte de no llegar magullados o visiblemente maltratados, por lo que no sufren de miedo y siguen aventurándose en el mundo de la calle.



3. Orígenes de la mendicidad infantil en Caucasia


3.1. El hogar y la pobreza
Nelly, Amanda y Cristina junto con sus niños, son de estrato 1 en Caucasia. Las dos últimas hacen parte de la cifra de madres cabeza de hogar. Mientras la otra, de una situación peor: es madre soltera con seis hijos, sin trabajo ni casa y sostenida del empleo de uno de sus hijos mayores.
En un segundo piso abandonado convive Nelly con 6 de sus hijos. Siendo el mayor quien trabaja. Sus servicios públicos: un pozo abierto que nunca puede lavar, una pipeta de gas y la luz natural que entra por las ventanas.
A pesar de las condiciones precarias de esta familia, nunca le falta el arroz y el huevo. Sin embargo, no sólo Pedro y Gustavo han estado en la calle, sino varios de sus hijos mayores (hombres), que tras la madurez, formaron una familia aparte y buscaron otras fuentes de trabajo en los talleres de mecánica.
Nelly y sus hijos no saben leer ni escribir, excepto Gustavo que algo sabe del tema. Ninguno de ellos estudia. Pedro dejó el colegio desde el 2009 y Gustavo en el 2010.
El primero desde siempre ha sido un niño muy rebelde. En el colegio las quejas eran constantes y Nelly era presa de reuniones  y firmas. Ella se aburrió de eso y no lo presionó para que siguiera estudiando.
Su mamá cree que éste no es normal, pues su comportamiento –según ella- es producto de las secuelas, que ningún médico ha diagnosticado, de dos accidentes por moto que tuvo a los  5 y 7 años.
Para el último de sus accidentes vivían en el barrio San Miguel. Pedro merodeaba por la calle. Una moto desprevenida pasó y lo atropelló. Él fue llevado al hospital y atendido únicamente durante ese día. Su cabeza estaba deforme y con varios chichones, recuerda Nelly sobre el feo incidente. A él no se le diagnosticó alguna enfermedad y jamás volvió a visitar al médico.
Ya para ese entonces Pedro salía a la Y, pero no con la intensidad que años después lo haría. Justo después de la separación de su madre con su padre, por lo que ella no tuvo con qué sostenerlos y habitaron el segundo piso abandonado.
Gustavo mientras tanto, siguió estudiando hasta el 2010, pero al acercarse las vacaciones de diciembre y no saber qué fecha salían, la ansía del niño era tanta que a partir de ese momento dejó de estudiar.
Así Gustavo, al igual que habría aprendido Pedro con su otro hermano mayor, se arriesgó a la calle.
Con Pedro tuvo problemas desde muy pequeño. La policía lo llevaba a su casa pero él volvía a salir. Nelly trataba de controlarlo poniendo candado en una de las puertas de la calle, pero éste buscaba el modo de escapar. Una de sus hijas mayores lo perseguía por la Avenida El Pajonal a eso de las diez u once de la noche, pero sus esfuerzos resultaban vanos, huía o nunca lo encontraba.

Al otro lado de la historia estaba Luis y su abuela Amanda. Una anciana que ha criado a su nieto, como su propia madre. Pues su hija, con otros dos niños los dejó al cuidado de ella para irse a trabajar a El Bagre, un municipio vecino de Caucasia.
Luis a sus diez años fue diagnosticado con trastorno del comportamiento debido a su hiperactividad. Su abuela solicitó el apoyo del Icbf y con ello obtuvo su custodia y un tratamiento para llevarlo a Medellín cada cuatro meses donde un siquiatra. Para mantenerlo dócil, a Luis le daban unas pastillas que costaban 300 mil pesos mensuales.
Él duró cierto tiempo asistiendo a tal tratamiento y a charlas con psicólogos del Icbf de Caucasia. Pero a medida que creció decidió dejar de tomar las pastillas “porque lo ponían bobo” y no asistir a ninguna charla más. Además, el programa del gobierno Hogar Gestor que apoyaba esta situación dejó de cubrirlos. Amanda no supo qué hacer frente a eso.
Luis estudió hasta quinto de primaria en un programa de aceleración de aprendizaje, puesto que había repetido dos veces el cuarto grado. Durante ese año el profesor de dicho curso se fue del colegio y con ello, Luis, quien no quiso asistir más a la escuela.
Sin estudio ni pastillas, Luis empezó a irse para la terminal de transportes a pasar la tarde allá pidiendo dinero. Amanda fue varias veces para ver qué hacía. “Estaba quietecito allá, yo pensaba entonces que no era nada malo”. Pero cuando la veía, era grosero y salía corriendo.
Así, Luis se enrumbó a embolar zapatos, después a vender chicles y dulces con una chacita y finalmente a pedir dinero, negocio que seguramente le era más rentable.
En una parecida situación está Cristina. Su hijo, taxista y padre de Carlos, murió asesinado hace cuatro años cuando Caucasia estaba en una ola de violencia.
La madre del niño poco cuidaba de él. Después de la muerte de su marido se fue para otro municipio a trabajar y el niño quedó en manos de la abuela.
Desde esa triste muerte Carlos se rebeló aún más, no quiso asistir al colegio y su abuela, una mujer que todos los días ha trabajado en la venta de comida, sin suficiente fuerza ni tiempo para controlarlo, dejó que el niño tomara su propio rumbo. Y él decidió la calle.
Su madre desapareció totalmente de su vida. Mandó a su abuela todos los documentos de registro y seguro y no volvió a verlo nunca más.


4. Situación de mendicidad infantil en Caucasia


De acuerdo con el Departamento Nacional de Planeación, en el 2005, el 21,8% de la población de Caucasia se encontraba en condición de miseria. A febrero de 2012, la Red Unidos registró una tasa de desempleo del 48%, la informalidad llegaba al 45% y apenas un 7% de personas tenían un trabajo formal.
Dicha tasa de desempleo tan alta ha venido obligando a las personas a buscar o desarrollar un empleo informal en cualquier campo. Entre ellos, a los niños, el grupo más vulnerable. Que por diversas condiciones como la pobreza, el deseo de independencia, la cultura, la falta de oportunidades laborales, el madre solterismo, entre otras razones, se han dedicado a trabajar para ayudar a su familia y prosperar de algún modo (Jairo Enrique Martínez, 2009).
La investigación de Jairo Enrique Martínez, denominada Diagnóstico de niños, niñas y adolescentes (NNA) en situación de vida de calle en Caucasia, en la cual utilizó como muestra a 2403 de 32048 NNA que hay en el municipio hasta la fecha de 2009, demostró que la cifra de trabajo infantil es incrementada principalmente por los hombres, quienes representan el 0,38% de todos los NNA en Caucasia. Y hacen parte de los 201 menores trabajadores de Caucasia, un 0,68% de todos los infantes.
Actualmente existe un pequeño grupo, que aparte de alimentar la cifra de menores trabajadores, también se dedica a la mendicidad o a la calle. Nos referimos a 15 niños aproximadamente según Iván Hernández, candidato al Concejo 2012 - 2016, quien tiene cierto interés en este grupo de niños vulnerables. Él afirma que tal situación de mendicidad fue fruto de la violencia que se vivió durante 4 años en el municipio y cree que pueden convertirse en los futuros delincuentes de Caucasia.
Sin embargo, según el Comisario de Familia, Hernán Jarava, la situación de mendicidad y niños en la calle se debe principalmente al desmoronamiento de la figura de la familia; escasez de parámetros y valores de crianza; los conflictos intrafamiliares debido a la inestabilidad laboral; y la falta de cultura para llegar a un acuerdo, por lo que las personas utilizan la violencia. Por todo eso los niños terminan yéndose de la casa.
Asimismo, desde otra perspectiva, el trabajador social del Icbf en Caucasia, Jairo Enrique Martínez, opina que la falta de autoridad, la desescolarización y madre solterismo, son otras de las principales razones que impulsan a los niños a vivir en ese mundo. Añadiendo que, de acuerdo con sus registros en dicho instituto, los casos están relacionados con el abandono de padre, el consumo de sustancias psicoactivas por parte de los niños y los conflictos familiares entorno a ellos.

Las zonas de comercio nocturno como la Avenida El Pajonal y la Y,  son los lugares de trabajo de aquellos niños. Por lo cual son un acostumbrado problema para algunos comerciantes de la zona, provocan molestias a los clientes, peleas y a veces roban a los clientes embriagados o desatentos, dice Elías Andrade, administrador de uno de los bares de la Avenida El Pajonal.
Según Elías Andrade y otros comerciantes, se ha hecho reuniones con el Alcalde para quejarse del problema pero hasta ahora no les ha resuelto nada.
Para el tratamiento de esos niños la Policía de Infancia en muchos casos ha aprehendido a varios de ellos y los ha puesto a disposición del Icbf, pero estos vuelven a la calle.
Ni el Icbf ni la Policía de Infancia pueden hacer algo debido a la falta de un Hogar de paso, el centro oficial que demanda la ley para prestarles una ayuda sicológica frecuente y eficaz para con los niños.
Dicho Hogar de paso dejó de funcionar el año anterior, debido a falta de apoyo presupuestal por parte del Municipio.
Según uno de los  Policías de Infancia, el patrullero Marco Ibarra, siempre tienen problemas cuando aprehenden a los niños porque no tienen dónde llevarlo. Pues al lugar que los trasladan no está bien acondicionado según demanda la ley para su tratamiento. Los cuartos que tienen son para menores infractores. Allí en varias ocasiones los niños que aprehenden por situación de calle han pasado la noche. “Necesitamos que haya más camas, una cocinera, que uno sepa dónde pedir la comida de los niños, esos cuartos que están ahí son para infractores, por eso uno los ve por ahí y lo que hace es hacerse el loco, pues no hay dónde llevarlos”.
Al respecto, Olga Viana, trabajadora social de la Comisaria de Familia, agrega que “muchas veces nos quedamos con los niños porque no sabemos adónde llevarlos, uno los encuentra en la madrugada y no podemos irnos hasta que le encontremos la familia, por eso ese proceso de restablecimiento de derechos, según la Ley de Infancia y Adolescencia, se hace lo más rápido posible”.










5. Ley para menores, procedimiento sin procesos


5.1. Régimen a seguir para socavar el problema
El proceso inicial de vigilancia y control a niños en situación de calle se le atañe a la Policía de Infancia. Se encargan de aprehender a todo aquel niño que esté en lugares para mayores de edad y en horas indebidas. En este caso, los bares de la Avenida El Pajonal a altas horas de la noche y madrugada.
Desde entonces, lo deben mantener en un lugar que en Caucasia nunca existió, sino el cuarto para menores infractores donde es dejado el niño. Lo más pronto posible se pone a disposición del Icbf. Teniendo en cuenta que si es fin de semana, probablemente el niño tenga que mantenerse en una celda por dos o tres noches.
El Icbf se encarga de restablecer los derechos de los niños, según lo manda la Ley de Infancia y Adolescencia 1098 de 2006 en su artículo 82: revisar si posee registro civil, estudio y seguro. Consecutivamente, se ubica el pariente más cercano para que lo reciba. Se analizan las condiciones de su familia, velando primordialmente por el derecho a mantenerse con ella. Y luego, el pariente del niño debe firmar un acta de compromiso, que si no se cumple o no se halla la familia, el niño se envía a un hogar de madre sustituta.
Finalmente, el Icbf debe realizar un seguimiento mensual para cada situación por un término de 6 meses.
Cabe aclarar que si en la familia existe violencia intrafamiliar el caso pasa a manos de la Comisaría de Familia.

5.2. Función de las autoridades respecto a la mendicidad infantil
De acuerdo con las investigaciones que realiza el Icbf, sólo 4 casos de niños en situación de vida de calle han sido reportados. En contraposición Iván Hernández distingue 15 de ellos que ha visitado para mediar ante la Alcaldía. Lo anterior demuestra que el tema es nuevo y poco problemático para las autoridades.
Así, tanto la Personería Municipal, la Comisaría de Familia, La Policía de Infancia y Adolescencia y el Icbf, teniendo en cuenta que su deber sea prevenir, velar, proteger los derechos de los niños, poco o nada trabajan por este pequeño grupo que anda en el mundo de la calle.
El Personero Municipal, Orlando Ávila, aunque acepta que uno de sus deberes es  velar por los derechos de los niños, afirma, que al ser apenas dos personas en esta dependencia (él y su auxiliar administrativo), no son suficientes para cubrir otras problemáticas más que las inmediatas, como los temas de restitución de tierra y víctimas, sobre los cuales están enfocados actualmente. Además, no tienen suficientes recursos para desarrollar campañas para prevenir la mendicidad infantil.
El Comisario de Familia, Hernán Jarava, con apenas dos meses de estar laborando, expresa que debido a la ausencia de este cargo durante 4 meses, se están desatrasando de cuestiones concernientes al restablecimiento de derechos y conciliación de parejas. A diferencia de la Personería Municipal, su principal labor a solucionar es el maltrato a la mujer. Por lo que hasta su fecha de ingreso no se habían realizado campañas de prevención de la mendicidad o niños en situación de calle.
En la misma línea está la Policía de Infancia y Adolescencia. Tampoco  están encargándose de prevenir la problemática; realizan campañas contra el abuso sexual, explotación sexual, reproducción sexual,  pero nada referido a la mendicidad, deserción escolar o niños en situación de vida de calle.
Y el Icbf, para los diferentes casos, como para Pedro, Gustavo, Luis, y Carlos, todos han pasado por esta institución.
En algunos casos como el de Gustavo y Luis se les prestó apoyo durante un tiempo. El primero, ingresó al Hogar de paso, antes de ser cerrado, durante un mes, pero aún sigue en la calle. Según Nelly Ríos, mamá del niño, nunca llamaron ni se interesaron en cómo seguía el niño.
Luis, recibió ayuda sicológica durante un largo tiempo para tratar su trastorno del comportamiento, pero dejó de asistir por rebeldía y voluntad propia. Su abuela, una anciana de 82 años, no podía obligarlo ni controlarlo.
En la mayoría de los momentos en que estos han pasado por el filtro del Icbf ha sido para restablecerles los derechos con el fin de devolverlos al padre de familia.
Así, el Icbf no ha seguido investigando cada caso como lo demanda el proceso justo que se debe tener en estos casos: seis meses de vigilancia semanal para cada caso, ratifica Viviana Arango, Defensora de Familia del Icbf en Caucasia.
No obstante, aunque no existan campañas para prevenir, la Policía de Infancia y Adolescencia cada que puede realiza controles de vigilancia en zonas de alta concentración. Según ellos, están cansados de llevar estos niños a sus casas en varias ocasiones. Así que muchas veces ignoran a los menores en la calle, porque aparte de aprehenderlos, no se puede hacer ningún procedimiento efectivo a falta de un lugar donde tratar su problema.
La primera dama del municipio, Andrea Chaverra, siguiendo uno de los objetivos del Alcalde José Arabia, con apoyo del Icbf, la Policía de Infancia y Adolescencia y de Iván Hernández, piensa liderar un trabajo con los niños y sacarlos del mundo de la calle. La finalidad: ponerlos a estudiar. Por eso, la Primera Dama y el candidato al Concejo Iván Hernández visitaron varios hogares hace un par de meses. Se comprometieron con las familias, entre ellas la de Nelly Ríos, madre de dos de esos niños, y quien aún está esperando que les consigan a sus niños un cupo en el colegio este año.
Frente a esto, Iván Hernández disculpa a la Primera Dama con el argumento de sus infinitas obligaciones.

5.3 Propuestas del actual gobierno frente al tema
Uno de los sectores que más apoyo recibirá en el plan de gobierno del Alcalde de Caucasia José Arabia será la niñez. Se implementará un monto de 9.430 millones para hacer valor todos sus derechos y deberes.
El objetivo principal según el Alcalde, es lograr que todos aquellos niños que están fuera del entorno educativo ingresen a estudiar. El programa lo manejará la primera dama, quien está encargada de formar el grupo que será beneficiado. La estrategia: animarlos a practicar deporte y consecutivamente, “por voluntad propia y no obligados” -enfatiza el Alcalde- ponerlos a estudiar con todos los suministros necesarios.
Otro punto importante, será la reapertura del Hogar de paso, que se constituirá como la ley lo dicta, con un grupo interdisciplinario que lo maneje.
Hay algunos inconvenientes en cuanto al presupuesto debido a las deudas que quedaron del gobierno anterior; por tanto, el alcalde José Arabia declara que se utilizarán algunos recursos de crédito y se empezará a gestionar la consecución de ellos a partir del mes de junio, después de aprobado el Plan de Desarrollo Municipal.

6 A dónde van los niños


Pedro aún sigue en la calle, ahora solo. Sin creer que aquel jueguito iba a llegar a tanto él se está volviendo adicto al sacol, aunque lo niegue. Pero su hermano y Gustavo el chazero siguen viendo las actitudes groseras y poco normales de Pedro cuando “mete ese vicio”. Su compañía de guerra: un perro callejero que adoptó y lo defiende como dueño.
Gustavo, aunque afirmaba que sería un alma mejor y era consciente de los problemas de la calle, volvió a caer en ella. El sueño lo venció y no quiso volver a levantarse a las siete y media de la mañana para ir trabajar al taller con uno de sus hermanos.
Por ahora tiene la chacita que quería, y de vez en cuando se le ve ésta en brazos de su hermano.
Sus amigos Luis y Carlos, desde un domingo 20 de mayo que iban para uno de sus viajes a Santa Marta –adonde supuestamente se dirigían- no han vuelto a Caucasia. Sus abuelas viven la angustia de perderlos. Nunca antes un viaje había sido tan largo. El mayor consuelo que pueden tener son las palabras que le decía Luis a su abuela “no te preocupes, que seguramente me habrá cogido la policía”. Y efectivamente a Luis lo aprehendió la Policía. Fue dejado cerca de Bogotá en un instituto para tratar a menores callejeros y gracias a la denuncia de Amanda ante la policía, ha podido comunicarse con él dos veces.
En este momento su abuela está gestionando con la Fiscalía para trasladar a su nieto a un instituto más cercano de Caucasia. A diferencia de él, Carlos sigue preocupando a su abuela; y sin dar señal alguna, ni siquiera Luis, sabe dónde se encuentra.

* Los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger su identidad.
Este reportaje es el producto de mi trabajo de grado para obtener el título de Comunicador Social y Periodista

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