En las horas más tristes de mi vida,
Cuando todos me dejen ¡oh Dios mío!
Y el alma este por penas combatidas,
Mi buen Jesús, en ti confió.
Es la frase de una
oración que se encuentra en el altar de la iglesia El Divino niño. Y se titula:
Mi buen niño Jesús, en ti confío. Al
leerla mi alma se fundió por una energía que en esos tiempos escaseaba, una tranquilidad
y confianza de que alguien poderoso siempre estaría allí para mí aunque no lo
viera y me olvidara constantemente de su presencia. Luego me pregunto, ¿si
todos aquellos poseídos, endemoniados y “limpios de pecado” de tanto asistir a
las misas, se habrán fijado en ella o al
menos habrán sentido lo mismo que yo?
Alrededor estaban sólo
dos monumentos: el de la virgen y un santo, ninguno con alguna vela encendida,
excepto una que ahora estaba apagada pero tenía rastros de haber estado fielmente prendida por mucho tiempo.
Estaba el Crucificado, el sagrario, las sillas de mármol del altar fijadas al piso, las
bancas de madera en excelente estado… Todo lo necesario se encontraba
cuidadosamente organizado. No faltaba nada para ser la Iglesia del Divino niño,
esa que unos imaginan pobre y fea por el barrio humilde donde se halla. Es una
mansión rodeada de pobreza material, casas en bruto igual que las calles, gente
que parece peligrosa y que -para mí, al principio- proporciona temor. Me
miraban raro, extraño, y en esta Caucasia de estos días ¡tan peligrosa! estar
por allá es buscar otra amenaza a la que actualmente casi nadie se expone.
Pero hay una
equivocación, es gente buena, aunque pobre, rica del alma, generosa con su
mansión, a la cual deben de acudir con orgullo porque son ellos quienes la han
levantado de la nada.
Veo un obrero que
está trabajándole, junto con otros, a una amplia terraza que se usará de
parqueo en torno a la iglesia. Su rostro es bueno, transparente sobretodo, orgulloso
y alegre sin importar su dura labor. Se mostró muy amable conmigo y sin dirigirle
palabra alguna me saludó y empezó a cuestionarme sobre mi presencia ahí; se
ofreció a ayudarme. Sin tabúes exaltó a su sacerdote (el padre Álvaro) dijo que
gracias a él, al acercamiento con los transeúntes y habitantes del barrio, las
actividades y rifas que hace, los grupos espirituales que lidera (juveniles,
episcopales y evangelizadores) y de haber llevado la Palabra a las casas y
colegios, todos lo apoyan y asisten a la misa. Prueba de ello es, sin duda, la
misma superestructura de la iglesia y su parqueadero, el cual es utilizado
principalmente por carros de personas adineradas de otros barrios que van a
escuchar a la misa del domingo al “curita que sana”, o van a ser purificados a
la ceremonia de sanación realizada los fines de mes.
Ahora, el hombrecito
me ha apetecido la curiosidad de conocer y tratar a ese gran hombre. Me dirigí entonces a la casa
cural, entré por una puerta gris y vi una oficina donde se hallaba una chica
tecleando el computador. Saludé y mientras observé el largo pasillo que se veía
hacia dentro y me perdí en la pena, por fin me dijeron que entrara. El
sacerdote se puso de pie, me permitió pasar a su propia oficina y seguimos a
charlar. Es un lugar poco lleno de cuadros de santos, tanto que parecía más bien
una biblioteca, habían como dos vitrinas con libros y encima de una de ellas
una cantidad de boletas de rifas, que me mostró confirmando la teoría que el
obrero me había contado.
Y la travesía de mi
curiosidad empieza a ser sanada; la emoción me contagia, el desespero y las
ganas de que alguna pregunta no se me
escape hasta parecen notarse. Por consiguiente, me narra un hecho ocurrido en
una misa de sanación. Y ahora que lo reconstruyo lo imagino así: cuando todos
oran y alaban el señor, la gente empieza
a ser poseída por una fuerza de Dios que los purifica; al terminar el evento
algunos salen igual de desvergonzados, otros recaen en la suciedad, aquellos solo
sienten ese momento apacible y los pobres enfermos agradecen haber estado allí.
Pasan de estar ciegos a sanos, pero no de la vista sino del alma, alabando al
Señor se transforman de inválidos a bailarines, pero no inválidos por
incapacidad en la columna sino por incapacidad para la alegría… No se curan
físicamente, no se les quita la gripe, el dolor de cabeza, la sordera, ni la
paraplejia. Reaccionan ante cierto tipo de oración que el padre entona:
empiezan a convulsionar, a dar gritos, a moverse desaforadamente, a golpear a
quien está cerca, a blasfemar, a insultar al Guía con obscenidades como “hijueputa”,
y los verdaderamente embrujados como por una fuerza extraordinaria, no propia
de ellos, cambian totalmente. Usan una voz gruesa, cruel y tenebrosa. Los sanos
se asustan, los niños lloran, adultos gritan
del temor y, de pronto, una mujer sentada se encuentra poseída y convulsiona
fuertemente, a la vez se desplaza bruscamente por todo el lugar en la misma
posición, como si estuviese sufriendo un electroshock. Nadie puede soportarla,
detenerla, ni ayudarla, hasta que su demonio se canse de acabarla y la fuerza
Divina la gane la batalla al Infierno. Es ahí donde el padre se asusta y quiere
dar por finalizado el show que no premeditaba, decide entonces, empezar a
tratar dichos casos fuera de la exhibición pública y atenderlos en una pieza.
Así, al exorcismo
solo presencian el cura, el poseído, y entre unas tres a ocho personas. Lo
ideal es que fuesen pocas, porque así menos saldrían traumadas de tremendo
acto. Esos que van ya saben a lo que se atienen y también que deben de utilizar
todas sus fuerzas físicas para sobrellevar al exorcizado en el momento clímax;
de lo contrario, se corre el riesgo de hacer un daño peor que el de rasguñar y
agarrar fuertemente al sacerdote o a ellos.
Reviviendo la escena
estoy frente al padre Álvaro, me habla con toda la pureza espiritual del caso,
sin acudir a sensacionalismos, habla de sus exorcismos como obra de Dios no
hace alarde de su don, afirma que todo sacerdote consagrado lo tiene, sin
embargo no todos quieren ayudar a las personas o creen que la brujería que sufren
algunos es cuestión sicológica. Él lo que hace siempre es acudir a una oración
que despierte tales espíritus malignos en quienes estén endemoniados.
Empieza más o menos
a recrearme los sucesos más especiales que le han ocurrido. Me refiere un caso
de una señora que inexplicablemente se le ha hinchado la barriga sin producto
de golpes, daño estomacal, o alguna afección que la medicina encuentre
valedera. Dice que apenas la mujer lo vio se puso a temblar, dedujo desde
luego, que algo malo había allí; prosiguió a hacerle la santa cruz en el
abdomen y hasta él mismo impresionado, me cuenta que en menos de un minuto
disminuyó esa barriga. De acuerdo con su experiencia en casos de brujería, argumenta
que las personas sufren los males dependiendo con el animal que le hagan el
daño, entonces muy seguramente, a esa mujer, le dieron a beber baba de sapo,
confirma.
Por otro lado,
creería incierto si no fuese porque él me lo contó, un tal teleexorcismo, consiste
en sacar demonios a través de una llamada por teléfono, como se lo aplicó a un
soldado del Magdalena, que necesitó ser agarrado por varios compañeros para no
lastimarlos físicamente. El procedimiento que se lleva es el mismo en todos los
casos, sea por teléfono o cara.
Y bueno, ¿qué
sienten las personas cuando están siendo desposeídas? Sólo pude tener el
testimonio del obrero: él pasaba con dolor de cabeza, le relató al padre y éste
le sugirió someterse a la oración santificadora. Así se hizo. En la actividad,
cuando él le puso la mano en la cabeza al obrero mientras oraba, sentía un caliente inmenso, como si le
estuviese prendiendo la cabeza, tanto que tuvo que agarrarse enérgicamente las
manos para no agredir al padre. Finalmente un frio se posó en su cabeza. Se
detiene, y argumenta que la razón de su dolencia se debió a que vivió durante
varios años con una señora que cree le estaba haciendo brujería.
Ahora que reflexiono
mi camino al Divino niño: rememoro y acepto que soy muy escéptica ante estos
casos, fue como caído del cielo aquel papelito que al azar saqué de la bolsita
de opciones que la profesora nos proporcionó, preciso en esos días me azotaban
las dudas sobre la posible inmunidad a la brujería y quería saber cómo podría
hacer esa pobre gente víctima de los malvados brujos, creía que se verían
obligados a usar las mismas armas de las que son víctimas. Pero me encontré la
luz que Dios quiso que viera: la respuesta, “la maldad no se cubre con maldad
sino con bondad”.
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