Años atrás, Caucasia era un municipio
gobernado por ‘Macaco’, sin embargo imperaba la tranquilidad. Ahora, debido a
la guerra de bandas criminales hay violencia.
Un
freno en seco de una motocicleta, siguen tres disparos, un grito, más tarde
sollozos y sangre de una víctima derramada en la calle, deja un joven sin
casco, vestido de camiseta, jean y tenis, que arranca rápidamente en su
vehículo huyendo de alguien que probablemente no lo persigue.
Mata
uno, dos, tres, hasta ocho personas en el día si es posible. Nadie sabe a
ciencia cierta si puede ser el mismo, quizás hay muchos más que se alían con él
para no evidenciarse. En la mañana, mediodía, tarde, noche, donde haya o no
conglomerados asesinan en Caucasia; casi nunca importa el lugar, sólo la
víctima y donde se encuentre.
Ese
lugar en el 2002 fue alegre, rumbero, de tragos, bares abiertos hasta el
amanecer y atractivo para muchas personas ajenas al pueblo, desde 2008 cambió
su imagen de ambiente divertido a ser una zona de peligro, temor y zozobra
debido a los grandes grupos al margen de la ley que se apoderaron de la
localidad.
Aproximadamente
50 negocios, entre bares y restaurantes distraían a los nativos y visitantes en
la Avenida Pajonal, más conocida como la zona rosa de Caucasia. Transitaban
mujeres con minifaldas, en tacones y blusas escotadas, buscando compañía en las
noches; luego se les veía con hombres adinerados que andaban en camionetas, las
cuales abundaban en las calles y atraían aún más a las personas.
Venían
de ciudades más grandes, Medellín, Montería, Planeta Rica, Zaragoza…, que nada
tienen que envidiarle a Caucasia. Pero la visitaban para disfrutar de las rumbas
que invadían las calles del municipio; celebraban sin motivo, sólo con el fin
de divertirse en “parranda”.
Un
ambiente sano, forrado de oro y coca sostenía a Caucasia como uno de los
municipios más explotados en la minería, lo que activó el comercio a través de
las ventas y la hotelería mantenidas gracias al turismo.
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Eran
las 6 am y en Baltimore –un bar de la
zona rosa- se encontraba Carlos Mario Jiménez (alias Macaco), ex jefe de las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), junto con sus escoltas. Así amanecían
normalmente algunos bares cuando éste visitaba la zona. La Policía no
cuestionaba este desorden, al contrario, prestaban guardia a este sujeto, pues
para esas épocas (2007) gobernaba la región del Bajo Cauca, con la minería y el
cultivo de la cocaína. Nadie discutía su presencia a las altas horas de la
noche dentro de Baltimore, que teniendo presencia de autoridad violaba las
reglas para cerrar los establecimientos.
A
pesar de la presencia de Macaco, en Caucasia existía tranquilidad. Los
habitantes disfrutaban sin temor de las festividades más conocidas en toda la
región: las Corralejas, Festival Vallenato y la celebración del cumpleaños del
municipio, los cuales fueron perdiendo auge en la medida que aumentaron las
amenazas de asesinatos, extorsiones por dinero, lanzamientos de petardos y
constantes muertes de desmovilizados, integrantes de bandas criminales e
inocentes en algunos casos.
Ya
para el 2008, la zona se decaía y se destruía lentamente, paradójicamente
debido al elixir que daba reconocimiento al pueblo: la coca y el oro. Estos
fueron disputados por “Los Rastrojos” y “Urabeños”, bandas criminales, comandadas
por ‘Alias Sebastián’ (Ángel Pacheco Chancí) y ‘Alias Don Mario’
(Daniel Rendón Herrera), respectivamente. Un día aparecía muerto alguien de
“Los Rastrojos”, al otro, dos de los “Urabeños”; y así comenzaron a apoderarse
del territorio del Bajo Cauca y especialmente de Caucasia.
El
proceso de desmovilización fue el culpable de esta guerra, al sostener económicamente durante 18 meses a personas sin
escrúpulos y asesinas de cientos de colombianos y tuvieron el valor de volverse
hacia la ciudadanía. Lo que desencadenó que al finalizar este tiempo de
holgazanería, ellos quedaran sin trabajo y a la deriva, influyendo a que muchos
volvieran a incriminarse.
Para
algunos les costó, aún en el 2011, estar adinerados gracias al narcotráfico,
para otros, quienes no quisieron involucrarse nuevamente en bandas, significó su
sentencia de muerte. Así, empeoró el 2010 en la región, puesto que aumentó la
cifra de mortandad. Desde enero hasta mayo, 450
desmovilizados del Bajo Cauca no se reportaron al Centro de Alta Consejería
para la Reincorporación en Caucasia. No se registró qué paso con ellos.
Poco a poco fueron desapareciendo algunos desmovilizados
que buscaban resocializarse dentro de la sociedad, pues carecían de
oportunidades de sostenimiento laboral y social debido al rechazo de la
comunidad. Provocando durante el 2010, 24 ataques con
granadas en el Bajo Cauca, aunque otros testigos expresan que tal cantidad
ascendió a 44 y 221 homicidios, según el Registro Único de Población
Desplazada, se migraron de manera forzada 1.553 familias.
La
Policía hace constantes revisiones a los ciudadanos caucasianos, sobre todo a
aquellos que transitan en motos.
Aunque
el silencio por el miedo imperaba en Caucasia empezó a retumbar y pronunciarse
la voz de Leiderman Ortiz, periodista y líder de Caucasia. Convocó y formó una
marcha por la paz, gracia que se le premió con permanentes amenazas, atentados y
lanzamientos de explosivos a su residencia. Su obvio temor lo condujo a
solicitar ante el Estado y a la Federación Colombiana de Periodistas (Fecolper)
escoltas para su seguridad.
El 6 de febrero de 2009 se movilizaron los caucasianos en una marcha por la paz promovida por el periodista Leiderman Ortiz.
El
olvido, la violencia y el permanente descenso de la Caucasia de antes ha
ocasionado al municipio bajos ingresos económicos. A finales del 2010 sólo
quedaron 6 negocios, entre bares y restaurantes en la Avenida Pajonal, de 12
que a principios del año existían, se suma a ello los bajos costos que exigen
comerciantes en las residencias debido a los riesgos que deben corren con el simple
hecho de presenciar esta violencia.
Pero
a los más desafortunados y dueños de negocios les tocó huir o pagar extorsiones,
o como allá lo llaman: vacunas, como si fuera una enfermedad vivir en esa zona.
Ésta puede ser desde 100 mil hasta varios millones de pesos, convirtiéndose
como un salario mensual pagado a las bandas criminales.
Hoy,
aproximándose las vacaciones de junio de 2011, en las calles de Caucasia abunda
la soledad y la tristeza: se ven los caucasianos a las 6 de la tarde cerrando
sus puertas y ventanas y apagando las luces de sus hogares temprano. Tienen
miedo a un atentado; muy diferente a los buenos tiempos en que se observaban
personas en las esquinas de las calles y corredores de las casas charlando,
cantando y con música fuerte. Celebraban las fiestas con mucha algarabía. Pero fueron
los disparos y panfletos (amenazas de muerte y advertencias), que a diario
circulan, los que vinieron quemando las costumbres de este municipio.
En este edificio se
hicieron dos atentados en 15 días. El primero, una granada, como se muestra en
la foto y el segundo, asesinaron a una mujer que se hallaba en la tienda
ubicada en el primer piso de él.
El
municipio hospitalario y amiguero que era antes Caucasia fue convertido en un
sitio de pocos. Es habitado y disfrutado de una manera extraña por sus oriundos:
entre granadas, tiros y torres de sonido. Ya un lunes o martes se ve muy lejos
de parecer un sábado, como antes, donde se solía caminar de madrugadas
embriagándose, sin zozobra y enorgulleciéndose de su pueblo.
A
Caucasia no la detiene ni las granadas, ni los paramilitares, ni el
narcotráfico. Al pueblo, sólo lo inmoviliza el silencio y la falta de diversión
que concierne directamente a los bares. Gracias a ellos atesoran ese aire
caucasiano que esconde los temores y problemas por la violencia y el desempleo
que ataca al 60% de la población. Ese ha sido el costo de
la justicia en Colombia después de luchar con la desmovilización, que destruyó
el gobierno de los ilegales en Caucasia, pero dejó ciertos rastros que
afectaron mucho más a su comunidad que antes se haya vivido.
*Por: Zalma Salcedo y Susana Márquez



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