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martes, 15 de enero de 2013

Noralva, la mujer coja, de sonrisa loca



A mi lado iba ella acompañándome durante la tarea, no me dejaba de mirar y no le importaba dejar de conseguir su comida, de pedir alguito para su mamá, por prestarme atención. Me repetía y repetía “yo sufro de epilepsia y le llevo la comidita  a mi mamá”,  así se expresaba incansablemente, con orgullo, con amor. Estaba pendiente de lo que hacía, de la charla que sostenía con sus amigos.  Mientras tanto, yo esperaba que entrara en acción, que empezara a pedir. Pero no. Sólo estaba a mi lado, como esperando que le preguntara más y siguiéramos la rutina de la conversación.
Ella se llama Noralva,  una mujer de estatura pequeña de unos treintaicinco años, morena, de ojos café oscuro, cabello castaño rizado con mechones amonados por el sol; no es ni gorda, ni flaca, su vestimenta ancha de talla grande no deja ver su contextura real. Tiene una boca delgada con labios carnudos y no tiene dientes en la parte delantera. Su aspecto es el de alguien, “especial”, pasa más o menos despeinada, sin usar moño, aunque lo usa en el puño de su mano; hoy viste con camisa de botones,   pantalón largo y anda en chanclas. En ocasiones, la ven con pies descalzos,  pero es su gusto –dice la gente. Debe maltratar sus pies con las calles calientes por el sol y por el trayecto que recorre a  diario de su casa en El Camello a la plaza de mercado. Casi siempre sale a las nueve de la mañana para volver de doce a cuatro de la tarde. Esas son las peores horas del día; y ella las transita a sus cortos pasos, pues camina con lentitud, incomodidad, con un brazo cas encogido y como arrastrando sus pies.
Es una mujer sonriente, que la saluda mucha gente. Ella responde cariñosamente a todos, inclusive saluda a aquella persona que se la quede mirando sin decirle palabra alguna. A pesar de no tener dientes lo hace de una manera tierna, sonríe con todo su rostro, con sus ojos, pone una mirada expresiva e inocente; encoge sus pómulos y uno sabe que es feliz cuando te habla. Es alegre, aún, cuando recién te conoce y te habla con la confianza de una amiga. Te cuenta su historia: “Yo no como sola, más mejor le llevo yo a mi mama”, dice ella firmemente. Y ahí empieza uno a saber que ella vive por su madre, que su mamá es más su vida que su hija, porque ésta última le causa dolor, le demuestra fastidio y se avergüenza de ella.
En su camino diario se toma el tintico que le regala una tendera, descansa, saluda un rato y por fin para a su “sitio de ayudas”. Allá todos la conocen desde pequeña. Cuenta el vendedor de verduras, su amigo, que la ha visto siempre desde su trabajo en el mismo sitio; ha asistido al lugar desde que ella tenía por lo menos quince años. La conocen como a esa mujer que muchos le ayudan, le regalan comida, le dan papas, carne o cualquier otro alimento; o en otro caso, la monedita de cien pesos que ella les pide. Muchos sin decirle nada se la dan u otros, por momentos, se hacen los desentendidos.
Trata cariñosamente con muchos,  a otros, en cambio, que la molestan diciéndole Shakira, sólo les refunfuña, se muerde el brazo, o se golpea con la pared. Eso normalmente lo hace cuando tiene rabia por esas dolorosas migrañas que la aturden y le dan –según ella- por la epilepsia. Es grosera, a veces, con los niños que la molestan y le tiran piedra. Pero estas acciones sólo las hace cuando se siente agredida. Por ejemplo, una vez venía sobándose la espalda porque un niño por capricho le lanzó una piedra y ella  se defendió pegándole.
Sin embargo, cuando “es ella” realmente, solo le gusta molestar o bromear. Como un día en que un joven, amigo suyo, que la denomina su novia, la tomó del cachete amorosamente y le dijo riéndose: “Es que tú vas a ser mi mujer algún día”. Ella lo miró como enamorada, alegre y parecía sonrojarse. Cuando el chico se fue Noralva le dio una nalgada y se rió.
Personas así que le tienen mucho cariño la ayudan porque saben que su corazón solo piensa en los “huesitos pa’ su mamá” y en la pastillita de 2000 que se toma para soportar los dolores diarios de su enfermedad. Si no es con la pastilla, la ves  con un limón para masajearse la cabeza, cosa que la relaja. Su vida, en su poco dialogo, se nota que ha girado en torno a su problema epiléptico. Y es cierto, los niños son los principales en molestarla, los irrespetuosos la tratan de loca, como si lo fuera. En verdad, la gente que la conoce sabe que no lo es,  está enferma y  todos la quieren, eso es todo.
Tras su enfermedad, su misma hija le reprocha su aspecto, le dice que se vista, que su peinilla tiene piojo o en ocasiones que se vaya de la casa. No obstante, por eso le gusta salir de su casa para no pelear con su hija, “que solo la jode”, dice ella. Su mamá teme que un día duerma en la calle por hacerle caso a su hija de 14 años, pues pueden hacerle algún daño. Por eso, a diferencia, sí es muy feliz con la actitud de su madre y se siente agradecida con ella por lavarle su ropita de la cual se enaltece y dice que pasa limpia. Se la arregla a cada instante, se ordena los botones de su blusa, se la mira. Es muy orgullosa de lo que tiene, le dice a la gente por donde va pasando: “Mira lo que me dieron” y muestra las papas, la carne, o lo que sea.
Ella vive su vida con la alegría que le transmiten quienes la ayudan, quienes le sonríen y hasta quienes le dan sus traguitos. De hecho, una vez, un amigo carnicero, como lo hace muchas veces, le dio sus guaritos, pero se pasó y terminó embriagada, bailando y casi que desnudándose. Desde ahí, ha dicho: “No, yo no puedo tomar” y se niega a su debilidad.
Cuando la invité a comer algo, al entrar al lugar Noralva parecía esperar una orden, al decirle, siéntate, obedeció. Luego, esperó su pan con jugo y empezó con la bebida. Estaba luchando por abrirlo, era un Tampico de tarrito. Ella buscaba quitarle el papel del encima de la tapa, pero como no es lo indicado éste no quería despegarse, con mi ayuda le saqué el pitillo e hice el hueco en el papel que antes intentaba quitar. Empezó a tomar con el pitillo pero a la vez alzaba el tarrito. Eran sorbos los que tomaba. El pan, al principio, tardó en devorarlo. La servilleta que se usa para agarrar el pan, se la quitó; y luego, cuando tomó confianza el pan lo hizo suyo, lo cogió a pedazos grandes. Mientras masticaba, hablaba y dejaba entrever su encía sin dentadura con la comida triturada dentro de su boca.
Antes de llegar, pude corroborar la importancia que le daba llevarle alguito a su mamá. Durante el camino le propuse comprarle algo y se emocionó: “Si a mi mamá le gusta que le lleve los huesitos”. Y sí, pude constatarlo, cuando pedí el pan para llevar, ella lo recibió con esa acción de propiedad, de recelo y con temor a perderlo. Ahí me di cuenta que cuidaba como nada ese regalo.
Ella medio me observaba, pero tal vez le daba pena, quizás por su cabeza pasaban cosas sin lógica; no entendía por qué yo estaba ahí invitándola a comer, siendo tan amable. Quizás era eso. La vi tocándose su reloj y le pregunté si era la hora correcta, asintió que estaba bueno. Pero al percatarme tenía las 10 y 45. El accesorio se lo había regalado un amigo, es de plata, bonito y femenino, aunque la pantalla estaba un poco rayada.
Noralva al final me convirtió en una amiga más que la saluda, se despidió de mí como yo de ella. Si dije te cuidas, hizo lo mismo, si mencioné, que te vaya bien igual me deseó. Cuando dividimos nuestros caminos ella parecía seguir hacia donde yo iba pero cuando reaccionó, dobló y caminó. La vi entonces alejarse con su paso lento, bajo el sol ardiente hacia el lugar donde sus amigos más cercanos le ofrecen la comida para su mamá.

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