A mi lado iba
ella acompañándome durante la tarea, no me dejaba de mirar y no le importaba
dejar de conseguir su comida, de pedir alguito para su mamá, por prestarme
atención. Me repetía y repetía “yo sufro de epilepsia y le llevo la
comidita a mi mamá”, así se expresaba incansablemente, con
orgullo, con amor. Estaba pendiente de lo que hacía, de la charla que sostenía
con sus amigos. Mientras tanto, yo esperaba
que entrara en acción, que empezara a pedir.
Pero no. Sólo estaba a mi lado, como esperando que le preguntara más y
siguiéramos la rutina de la conversación.
Ella se llama
Noralva, una mujer de estatura pequeña
de unos treintaicinco años, morena, de ojos café oscuro, cabello castaño rizado
con mechones amonados por el sol; no es ni gorda, ni flaca, su vestimenta ancha
de talla grande no deja ver su contextura real. Tiene una boca delgada con
labios carnudos y no tiene dientes en la parte delantera. Su aspecto es el de
alguien, “especial”, pasa más o menos despeinada, sin usar moño, aunque lo usa
en el puño de su mano; hoy viste con camisa de botones, pantalón largo y anda en chanclas. En
ocasiones, la ven con pies descalzos, pero
es su gusto –dice la gente. Debe maltratar sus pies con las calles calientes
por el sol y por el trayecto que recorre a diario de su casa en El Camello a la plaza de
mercado. Casi siempre sale a las nueve de la mañana para volver de doce a
cuatro de la tarde. Esas son las peores horas del día; y ella las transita a
sus cortos pasos, pues camina con lentitud, incomodidad, con un brazo cas encogido
y como arrastrando sus pies.
Es una mujer
sonriente, que la saluda mucha gente. Ella responde cariñosamente a todos, inclusive
saluda a aquella persona que se la quede mirando sin decirle palabra alguna. A
pesar de no tener dientes lo hace de una manera tierna, sonríe con todo su
rostro, con sus ojos, pone una mirada expresiva e inocente; encoge sus pómulos
y uno sabe que es feliz cuando te habla. Es alegre, aún, cuando recién te
conoce y te habla con la confianza de una amiga. Te cuenta su historia: “Yo no
como sola, más mejor le llevo yo a mi mama”, dice ella firmemente. Y ahí
empieza uno a saber que ella vive por su madre, que su mamá es más su vida que
su hija, porque ésta última le causa dolor, le demuestra fastidio y se
avergüenza de ella.
En su camino
diario se toma el tintico que le regala una tendera, descansa, saluda un rato y
por fin para a su “sitio de ayudas”. Allá todos la conocen desde pequeña.
Cuenta el vendedor de verduras, su amigo, que la ha visto siempre desde su
trabajo en el mismo sitio; ha asistido al lugar desde que ella tenía por lo
menos quince años. La conocen como a esa mujer que muchos le ayudan, le regalan
comida, le dan papas, carne o cualquier otro alimento; o en otro caso, la
monedita de cien pesos que ella les pide. Muchos sin decirle nada se la dan u
otros, por momentos, se hacen los desentendidos.
Trata
cariñosamente con muchos, a otros, en cambio,
que la molestan diciéndole Shakira, sólo les refunfuña, se muerde el brazo, o
se golpea con la pared. Eso normalmente lo hace cuando tiene rabia por esas
dolorosas migrañas que la aturden y le dan –según ella- por la epilepsia. Es
grosera, a veces, con los niños que la molestan y le tiran piedra. Pero estas
acciones sólo las hace cuando se siente agredida. Por ejemplo, una vez venía
sobándose la espalda porque un niño por capricho le lanzó una piedra y
ella se defendió pegándole.
Sin embargo,
cuando “es ella” realmente, solo le gusta molestar o bromear. Como un día en
que un joven, amigo suyo, que la denomina su novia, la tomó del cachete
amorosamente y le dijo riéndose: “Es que tú vas a ser mi mujer algún día”. Ella
lo miró como enamorada, alegre y parecía sonrojarse. Cuando el chico se fue Noralva
le dio una nalgada y se rió.
Personas así
que le tienen mucho cariño la ayudan porque saben que su corazón solo piensa en
los “huesitos pa’ su mamá” y en la pastillita de 2000 que se toma para soportar
los dolores diarios de su enfermedad. Si no es con la pastilla, la ves con un limón para masajearse la cabeza, cosa
que la relaja. Su vida, en su poco dialogo, se nota que ha girado en torno a su
problema epiléptico. Y es cierto, los niños son los principales en molestarla,
los irrespetuosos la tratan de loca, como si lo fuera. En verdad, la gente que
la conoce sabe que no lo es, está
enferma y todos la quieren, eso es todo.
Tras su
enfermedad, su misma hija le reprocha su aspecto, le dice que se vista, que su
peinilla tiene piojo o en ocasiones que se vaya de la casa. No obstante, por
eso le gusta salir de su casa para no pelear con su hija, “que solo la jode”,
dice ella. Su mamá teme que un día duerma en la calle por hacerle caso a su
hija de 14 años, pues pueden hacerle algún daño. Por eso, a diferencia, sí es
muy feliz con la actitud de su madre y se siente agradecida con ella por
lavarle su ropita de la cual se enaltece y dice que pasa limpia. Se la arregla
a cada instante, se ordena los botones de su blusa, se la mira. Es muy
orgullosa de lo que tiene, le dice a la gente por donde va pasando: “Mira lo
que me dieron” y muestra las papas, la carne, o lo que sea.
Ella vive su
vida con la alegría que le transmiten quienes la ayudan, quienes le sonríen y
hasta quienes le dan sus traguitos. De hecho, una vez, un amigo carnicero, como
lo hace muchas veces, le dio sus guaritos, pero se pasó y terminó embriagada,
bailando y casi que desnudándose. Desde ahí, ha dicho: “No, yo no puedo tomar”
y se niega a su debilidad.
Cuando la
invité a comer algo, al entrar al lugar Noralva parecía esperar una orden, al
decirle, siéntate, obedeció. Luego, esperó su pan con jugo y empezó con la
bebida. Estaba luchando por abrirlo, era un Tampico de tarrito. Ella buscaba
quitarle el papel del encima de la tapa, pero como no es lo indicado éste no
quería despegarse, con mi ayuda le saqué el pitillo e hice el hueco en el papel
que antes intentaba quitar. Empezó a tomar con el pitillo pero a la vez alzaba
el tarrito. Eran sorbos los que tomaba. El pan, al principio, tardó en
devorarlo. La servilleta que se usa para agarrar el pan, se la quitó; y luego, cuando
tomó confianza el pan lo hizo suyo, lo cogió a pedazos grandes. Mientras masticaba,
hablaba y dejaba entrever su encía sin dentadura con la comida triturada dentro
de su boca.
Antes de
llegar, pude corroborar la importancia que le daba llevarle alguito a su mamá.
Durante el camino le propuse comprarle algo y se emocionó: “Si a mi mamá le
gusta que le lleve los huesitos”. Y sí, pude constatarlo, cuando pedí el pan
para llevar, ella lo recibió con esa acción de propiedad, de recelo y con temor
a perderlo. Ahí me di cuenta que cuidaba como nada ese regalo.
Ella medio me
observaba, pero tal vez le daba pena, quizás por su cabeza pasaban cosas sin
lógica; no entendía por qué yo estaba ahí invitándola a comer, siendo tan
amable. Quizás era eso. La vi tocándose su reloj y le pregunté si era la hora
correcta, asintió que estaba bueno. Pero al percatarme tenía las 10 y 45. El
accesorio se lo había regalado un amigo, es de plata, bonito y femenino, aunque
la pantalla estaba un poco rayada.
Noralva al
final me convirtió en una amiga más que la saluda, se despidió de mí como yo de
ella. Si dije te cuidas, hizo lo mismo, si mencioné, que te vaya bien igual me
deseó. Cuando dividimos nuestros caminos ella parecía seguir hacia donde yo iba
pero cuando reaccionó, dobló y caminó. La vi entonces alejarse con su paso
lento, bajo el sol ardiente hacia el lugar donde sus amigos más cercanos le
ofrecen la comida para su mamá.
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